La decadencia cultural como negocio político

Año tras año, las camadas de alumnos que egresan del Ciclo Medio e ingresan a la Universidad, muestran un avanzado estado de insuficiencia cultural y problemas de aprendizaje, ausencia de juicio crítico; y lo más grave, una apatía generalizada.

Quienes rayamos ya el medio siglo de vida, provenimos de un modelo educativo que fue bastante rígido y donde se aprendía, o se aprendía, incluso, coscorrón mediante. Difícilmente haya entre quienes refiero alguien que no haya probado la punta de un puntero, un zamarreo de orejas y cuando no, el clásico y conocido “cocacho”. Jamás se nos pasó por la cabeza denunciar al docente (a veces ni siquiera contarlo en la casa), ni mucho menos alguno quedó traumado y con su vida destruida después que la maestra de matemáticas lo zangoloteara un poco. Por el contrario, eran “incentivos” para mejorar el aprendizaje.

Yo, que al menos tuve la suerte de formarme entre los Lateranenses y luego los Franciscanos, no quiero pensar cuántos años de cárcel le hubiesen correspondido al Padre Ramón, o al insigne Honorato por haber descerrajado un chirlo de palma abierta en la nuca de más de un alumno porque no guardaba la compostura mientras se izaba la Bandera, por ejemplo. La temida detención “después de hora de salida”, parados en la Dirección, era suficiente amenaza para corregir la conducta. Y qué decir cuando de pronto descubríamos la figura materna ingresando al establecimiento para hablar con la maestra.

A la par, estaba el docente, pulcro en su aspecto, de vocabulario decente y maneras apropiadas. Saco y corbata para ellos y riguroso delantal almidonado para ellas, por supuesto, sin pantalón debajo. Cada docente era un pedazo de la cultura universal, sus conocimientos excedían su área y podían hablarnos con autoridad del tema que fuera, incluso de sexo, sin ningún retaceo a pesar de ser colegios religiosos.

El sexo formaba parte de la integralidad del ser humano y era necesario conocerlo. Nos hablaban de esto en el Gabinete donde había un muñeco de un material parecido al plástico con los órganos internos (y externos) a la vista, el que nos servía de “modelo”. Y nunca por aquellos años nos enteramos de Freud y su libro de  perversiones sexuales, ni tampoco nadie denunció nada, todo era absolutamente normal.

Nuestras compañeras eran algo menos que las hermanas, se cuidaban y defendían, y de esas lides salieron noviazgos que hoy, treinta años más tarde constituyen hermosos matrimonios.
Podría continuar enumerando tantas otras realidades que quien lee, seguramente recuerda, y compartirá entonces la pregunta que sigue: ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento nos volvimos tan estúpidos que compramos toda esa ideología falaz de vaya a saber qué derecho?

Tampoco es cuestión de reivindicar aquello de que la “letra con sangre entra”; pero de ninguna manera, nadie en su cabales puede aplaudir lo que hoy está ocurriendo con la educación.

La diferencia entre aquel ayer y el hoy es la decisión política. Antes se pensaba que había que formar mejores ciudadanos y sobre todo hombres y mujeres probos para beneficio del país. Hoy eso es un pensamiento fascista que violenta los más elementales derechos humanos, sobre todo aquel que declara que la degradación del ser humano es la primera ley universal en cuanto resulta de aplicar la más irrestricta libertad.

Otra diferencia es la política de estado que se está aplicando en educación, o sea ninguna. Carlos Menem inauguró el tiempo del desquicio educativo y lo profundizaron sus sucesores. ¿Qué cambió y por qué? Porque antes la sociedad era mucho más rígida y menos dinámica. Ese modelo conservador estaba bien para generaciones que se germinaban en un frasco y continuaban viviendo allí.

Desde los ochenta el frasco se rompió y la libertad de pensamiento y la posibilidad de información se derramaron y son asequibles para cualquiera. Esos dos elementos combinados pueden llegar a construir un ciudadano que piensa, arma letal para esquemas de gobiernos populistas. Algo había que hacer al respecto.

Entonces decidieron que tuvieran libertad de pensamiento, nada más. Como los plantines, cuando se los priva de la guía crecen al arbitrio de los vientos y siempre resultan chuecos. Con la sociedad han hecho lo mismo.

La desnutrición del sistema educativo es intencional, lo prueba el hecho de que se permite ahora participar de las elecciones a menores de edad, lo cual es excelente, pero si al menos estuvieran informados de lo que realmente están haciendo. Los medios de comunicación han hecho de los candidatos modelos comerciales, no muy distintos de una heladera o un plasma; se compra el que parece más lindo, adentro sabemos que viene vacío, pero está lindo.

No predicamos la vuelta al puntero ni al “cocacho”, pero al menos sí, a una prudente transformación del sistema educativo en un modelo que enseñe a pensar y a tener juicio crítico frente a la realidad, lo cual –sobre todo lo último- es para los políticos lo mismo que dispararse en la sien.

Lamentablemente, necesitaríamos hoy veinte años y tomando la decisión ahora mismo, para comenzar a cambiar las bases del pensamiento; luego, otros veinte años más para que esos que hoy comenzamos a formar, lo hagan con sus alumnos.

La Argentina necesita medio siglo para volver a ser un país sólido culturalmente, pero lamentablemente a nosotros, los de casi cincuenta, nos acontecen dos problemas: primero, nadie está dispuesto a tomar esa decisión de cambio. Y luego, si alguien lo hiciera, ninguno llegaría a ver los resultados.-

Esto último quizás en el fondo hasta sea ventajoso, teniendo en cuenta que lo que antes era prohibido, ahora es permitido. Mejor morirse antes de que llegue a ser obligatorio.-

Santiago Frías – Tuxuman – Enero de 2011

Publicado por El Intransigente

 

Acerca de Santiago

Nacido en Tucumán el 16/10/70. Mis pasiones: mis hijos, el Tango y fumar en pipa, además de escribir ensayos y algún pensamiento de vez en cuando...¿si soy "geek"?...no lo sé...al menos lo intento.
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